domingo, 13 de septiembre de 2009

EL VEINTE DE NOVIEMBRE Y EL OTRO CALENDARIO

“Tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence.

Y este enemigo no ha cesado de vencer.”

Walter Benjamin, Tesis sobre el concepto de historia.

No hace falta alertar, desde una postura crítica, que la conmemoración del 20 de noviembre, “día de la Revolución Mexicana” (con mayúsculas), incorporada como está a la parafernalia oficial de las fiestas patrias, sirve y ha servido a intereses políticos de dominación particulares. Su conmemoración encubre una historia que –como la del capital de la que nos habla Marx– viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros de los pies a la cabeza. Dentro de la cosmovisión priísta, esta fecha constituye el inicio de su era y, dentro de una visión estatal más amplia, esta fecha (que representa la última revolución posible) se incorpora a las tantas otras fechas que van llenando, como lo dice W. Benjamin, con la puta “había una vez”, el tiempo homogéneo y vacío de la historia que el Estado nación sueña de sí mismo: la sucesión uniforme de acontecimientos que nos han conducido, invariablemente, hacia el “progreso” que “gozamos”.

Sin embargo, esta denuncia resulta insuficiente. Más allá, hay que hacer “visible lo que la historiografía objetivista/positivista, limitada a lo fáctico, no puede percibir por definición: las potencialidades ocultas de liberación que fueron aplastadas por la marcha victoriosa de las fuerzas dominantes” (Slavoj Žižek, El espinoso sujeto). O, en otras palabras, hay que reconocer la dignidad y la rabia “otras”, que subyacen, soterradas, a “la misma” historia: con su calendario de muerte y su geografía de destrucción que, como un torbellino, nos barre por encima, arrojando ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar.

También en noviembre, pero el 28 y de 1911, los zapatistas dieron a conocer un manifiesto político conocido como El Plan de Ayala. Con él anunciaban su oposición a y desconocimiento de Madero. El primer punto del Plan es una reconstrucción histórica donde los zapatistas dejan asentada su posición respecto a la revolución del 20 de noviembre; en pocas palabras, denuncian la forma en que ésta fue cooptada por las fuerzas maderistas y los abusos con los que el nuevo régimen revolucionario en su proceso de “institucionalización” se estaba consolidando: “persiguiendo o matando a los elementos revolucionarios” que no se ceñían a su poder. Los zapatistas acusan a Madero de haber “tratado de ocultar con la fuerza bruta de las bayonetas” y de “ahogar en sangre a los pueblos que le piden, solicitan o exigen el cumplimiento de sus promesas en la revolución llamándolos bandidos y rebeldes, condenando a una guerra de exterminio sin conceder ni otorgar ninguna de las garantías que prescriben la razón, la justicia y la ley”.

Sin embargo, la lucha revolucionaria que convoca su manifiesto lejos está de romper con la historia de la Revolución del 20 de noviembre, pero no porque ésta se encontrara en el principio de la sucesión de acontecimientos que uno a uno llenan el tiempo hasta llegar al momento de elaboración del Plan (este reconocimiento del pasado, de la Revolución del 20 como continuidad del presente, era la reivindicada por los maderistas), sino como un “salto de tigre” al potencial utópico revolucionario vislumbrado en el estallido de la insurrección, pero que en ese momento no era continuidad sino pasado y, sin embargo, vigente a pesar de la marcha “real” de los acontecimientos, capaz de hacer saltar el continuum de la historia.

Así, en ese primer punto del Plan, se acaba afirmando: “Desde hoy comenzamos a continuar la Revolución principiada por él hasta conseguir el derrocamiento de los poderes dictatoriales que existen”.

La lucha zapatista significaba un segundo golpe revolucionario de la Revolución del 20 de noviembre que, más allá de la impostura de un contenido formal de la Revolución establecido por las fuerzas vencedoras, establecía las bases y el inicio de un contenido material. Para ellos, la “revolución” en su contenido real, como construcción de un nuevo orden social, no tenía por qué posponerse a la victoria de la “Revolución” como momento de lucha armada ni a su realización administrada por un órgano centralizado del poder revolucionario, sino que se apelaba a la micropolítica revolucionaria de las comunidades, a la democracia como ejercicio del poder popular.

Por ejemplo, el punto 6 del Plan de Ayala establecía que los pueblos y los ciudadanos que hubiesen sido despojados de terrenos, montes y aguas podían recuperarlos “desde luego”, es decir desde ya, y su posesión sería defendida “a todo transe con las armas en la mano”.

Como sabemos, la Revolución zapatista fue derrotada y, junto con ella, volvió a ser derrotada la Revolución del 20 de noviembre o, mejor, “el pueblo mexicano acaudillado por Dn. Francisco I. Madero, que fue a derramar su sangre para reconquistar sus libertades y reivindicar sus derechos conculcados, y no para que un hombre se adueñara del poder”.

Por tanto, no hay nada que celebrar, pero, precisamente por eso, no podemos borrar esa fecha de nuestro calendario, es decir, no podemos permitir que la manipulación de nuestra historia siga constituyendo un instrumento ideológico de la clase dominante, ni olvidar a aquellos que, antes que nosotros, fueron abatidos.


Vicente Moctezuma

1 comentario:

Estudiantes dijo...

Buenísimo artículo, ese vicente si sabe